Todo empezó con el primer libro de divulgación científica

En muchas ocasiones, a lo largo de estos meses, me he planteado la gran pregunta: «Y, ¿por qué?». ¿Por qué haces esto, Oihana? Libros de divulgación científica… En fin, todos sabemos que no vivimos en una época boyante en lo que a libros y mercado se refiere. Tampoco estamos en el mejor momento en cuanto a promoción económica de la ciencia. No obstante, la historia constantemente nos demuestra que una de las maneras de cambiar la percepción personal que tenemos del otro, y del mundo al fin y al cabo, es a partir de la comunicación con los demás, de enfrentarnos a otro interlocutor, me da igual que sea tu madre, el vecino, la televisión, el Facebook o un libro. La opinión de otro, su perspectiva del mundo, frente a la mía. La limitada visión que me proporcionan mis circunstancias frente a la limitada o ilimitada visión de mi interlocutor. Si a este, llamémoslo, enfrentamiento, le incorporamos datos y, por qué no, recursos narrativos, el resultado es absolutamente enriquecedor.

Este fin de semana releía el famoso libro de Hubert Reeves, Una pequeña historia para entender el universo. Se trata de una breve joya literaria donde algunos de los conceptos más básicos de astrofísica se presentan con ligeros tintes poéticos, todo sostenido bajo un esqueleto en forma de diálogo. El mismo Reeves, consejero de la NASA entre 1960 y 1964, le cuenta a su nieta la historia del universo en el que vivimos.

Escoger el diálogo para elaborar la forma narrativa de una obra divulgativa me parece todo un acierto. De la misma forma que, como decía, permitir que mi interlocutor se exprese de la mejor manera que sepa y respalde su opinión con una serie de datos objetivos, siempre me obligará a reformular mi propia opinión, proponer el diálogo como herramienta literaria en una obra de divulgación científica permitirá plasmar las distintas tesis de los personajes (del autor y de sus “rivales” y al fin y al cabo) de forma elaborada y, si tiene éxito, sencilla de entender.

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Si recordáis, una de las obras considerada como precursora de la divulgación científica, se sostiene en ese formato para presentar dos concepciones opuestas del universo: el sistema ptolemaico frente al sistema copernicano. Estoy hablando de la obra Diálogo por supuesto, un ensayo escrito por Galileo Galilei entre los años 1624 y 1630 y finalmente publicado en Florencia el 22 de febrero de 1632 en italiano, el idioma utilizado por la mayoría. Elección que, por cierto, el autor tampoco hace al azar sino movido por una clara intención divulgativa. De hecho, en una obra previa (Sidereus nuncios), Galileo promete un libro en el que expondría descubrimientos científicos recientes pero sin demasiados detalles técnicos y destinado a un público amplio.

La forma dialogada no fue un invento del autor, por supuesto, de hecho era muy habitual en la literatura didáctica de la época. Se sirvió de ella para evadir la clásica figura del maestro y su discípulo. En vez de eso, eligió tres interlocutores para que conversaran a lo largo de cuatro días en el palacio de un de ellos en Venecia. El itinerario de esa conversación recorre los dos máximos sistemas del mundo y termina derribando la idea de que nuestro planeta sea el centro del universo. En referencia al recurso literario de Galileo, el profesor de literatura David Locke en La ciencia como escritura afirma:

Hoy apreciamos el diálogo no por lo que nos dice sobre el sistema copernicano y sus ventajas sobre el ptolemaico, sino por nuestro disfrute con el aprovechamiento de las posibilidades irónicas del lenguaje.

Galileo, a nivel divulgativo, se atrevió con algo a lo que los autores de hoy en día se acercan de forma escrupulosa, se sirvió de imágenes, recuerdos, ironía y emociones para elaborar un discurso coherente y convincente sobre su propia tesis, perdiendo por supuesto cierto rigor –la obra ha recibido críticas por omisiones y supuestos errores– pero consiguiendo llevar al público no especializado de la época un contenido capaz de revolucionar la concepción del mundo.

Es posible que aspirar a eso, a que un libro de divulgación sea capaz de modificar un poquito el mundo, sea naíf y ridículo, pero si mi propia experiencia me dice que escuchando a otros, leyendo, tratando de entender gráficas y artículos científicos –la mayoría de las veces completamente ininteligibles– he conseguido cambiar mi propia percepción de la realidad, haciéndome más tolerante, comprensiva y crítica al mismo tiempo, ¿por qué no intentarlo a través de la literatura científica?

Referencias

David Locke, La ciencia como escritura, Madrid, Cátedra, 1997.

Guillermo Boido, Noticias del planeta Tierra, Galileo Galilei y la revolución científica. Buenos Aires, A-Z editora, 1998.

Justus_Sustermans_-_Portrait_of_Galileo_Galilei,_1636