El Gran Día

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De izquierda a derecha: Pere Estupinyà, Oihana Iturbide, José María Gil-Vernet y Juan José Ballesteros

Unas horas antes de que empezara la presentación del libro The Art of Transforming Science, estaba comiendo con parte del equipo, mi hermana y mi socia en un restaurante japonés por el que siento debilidad. Ese día, no obstante, no era capaz de probar bocado. Tenía el estómago como una pelota de golf, me costaba respirar, estaba como un manojo de nervios. Ha sido mucho tiempo el que he destinado a este libro, muchos recursos e ilusión. Han sido muchas las personas que me han acompañado en este proceso, que han confiado en mí cuando ni yo misma lo hacía, que han soportado mi mal humor y malas caras. Ha sido mucha la inversión a todos los niveles y ese iba a ser el gran día, el día de la presentación del resultado de tanto trabajo.

Me fui a casa a terminar de preparar mi intervención, no quería dejarme a nadie, una editorial no se pone en marcha gracias a una sola persona y yo quería transmitir mi gratitud a todos aquellos que me han ayudado. Me tumbé en la cama con una tila y empecé a repasar mis palabras una y otra vez. Tenía miedo de quedarme en blanco allí arriba. Sabía que José María, el autor, iba a estar sembrado y confiaba también plenamente en el papel del Dr. Ballesteros y de Pere Estupinyà. Allí la única novata era yo y tenía miedo.

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Los invitados empezaron a llegar antes de lo previsto, diez minutos antes para ser más precisos. Yo me encontraba intentando arreglar un problema de última hora en la proyección del vídeo. Déjalo, pasamos del vídeo –le dije a Jon, responsable de manejar el ordenador–, vamos a pelo, deja sólo el logo. En ese momento, llegó la persona que iba a grabar el evento y tenía dudas, traté de resolverlas viendo que la sala empezaba a llenarse y las luces no estaban reguladas. Estaba cada vez más nerviosa.

Subí la escalerita de la tarima y noté cómo me rozaban los zapatos nuevos. Mala idea estrenar calzado y obviar los calcetines. Los nervios suelen jugarme malas pasadas, en esta ocasión fueron los calcetines, otras veces puedo llegar a salir en zapatillas de casa. Debía concentrarme y tomar el control de lo que iba a suceder. Nada complicado: cuatro intervenciones contando la mía. Proyectamos el booktrailer mientras nos sentábamos y por fin llegó el momento de coger el micrófono. Mi primera vez. Hacía unas horas que, para probar el sonido, había cantado una estrofa de Amaral. Sonaba de lujo. Buenas tardes –dije–. Y recordé que la Calasanz me había dicho: «Oihana, sonríe». Y sonreí.

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Lo demás vino rodado. Lo que más me ayudó fue ver a mi equipo moviéndose discretamente por la sala haciendo fotos, tomando vídeo, sacando más sillas, guiando a los que entraban tarde… Eso, y la cara de mi madre y hermana que estaban con una sonrisa de oreja a oreja (los nervios, me temo). Después de mi breve intervención, José María nos explicó con todo lujo de detalles el trabajo de su abuelo y protagonista del libro, Salvador Gil Vernet. Fue un regalo escucharlo. La pasión que transmite Pepe cuando habla de la medicina, de la investigación y de los logros de su abuelo, es absolutamente contagiosa. Además, tuvimos el privilegio de tener en primera fila al Profesor Gil-Vernet, una verdadera eminencia al que muchos recordaréis porque operó al Rey Don Juan Carlos.

Después de la intervención de Pepe, vinieron las del Dr. Ballesteros, que nos contó varias anécdotas hermosísimas sobre aquellos años en los que tuvo el honor de ser alumno de Salvador Gil Vernet; y por último, la de Pere Estupinyà que nos dio una pincelada sobre su opinión respecto a la intersección entre arte y ciencia. Una hora escuchando y disfrutando de historias, descubrimientos y opiniones junto a grandes amigos del mundo de la medicina y de la ciencia.

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El hijo de Salvador Gil Vernet, el eminente Profesor Gil-Vernet, contempla las láminas mientras el nieto de Salvador, el autor del libro, firma un ejemplar.

Y para terminar la velada, un picoteo que siempre es una buena excusa para hablar, hacer contactos, abrazar a grandes amigos a los que hace tiempo que no ves y, por supuesto, darle un buen golpe a la maldita pelota de golf para deshacerte de ella.

A todos los que me acompañasteis en ese día…

A todos los que trabajasteis a cambio de nada…

A mi equipo…

A mi familia…

A Silvia…

Un millón de gracias.

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